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Por Micaela Bordes para Ada ITW

El 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer. La importancia de esta fecha remite en aprovechar la ocasión para no olvidar la historia, aprender de ella y avanzar sin repetir errores. Poco a poco van quedando atrás esas publicidades típicas donde el foco se pone en honrar a la mujer y agradecerle con electrodomésticos, productos de limpieza o flores.

En su lugar, resuena más fuerte la historia de las mujeres trabajadoras que marcharon un 8 de marzo de 1857 en Nueva York en busca de condiciones laborales más dignas.

No es una novedad que la trayectoria de mujeres que fueron imprescindibles en el mundo sea constantemente invisibilizada y poco se sepa al respecto. Por ejemplo, ¿cuántos nombres de famosos científicos conocemos? Seguramente varios: los vimos en el colegio, en los libros de texto, en alguna serie o película y hasta somos capaces de nombrar los descubrimientos o logros que alcanzaron.

¿Y qué pasa con las mujeres científicas? ¿No había, no estaban interesadas en esta disciplina?

Sí, por supuesto que lo estaban y que han sido parte de hallazgos primordiales para el desarrollo de la ciencia, la física y la matemática. Lo que sucedía (y sucede hasta el día de hoy) es que casi no se les daba lugar en el área y cuando lograban acceder sus nombres eran omitidos si es que no se presentaban con seudónimos y en muchas ocasiones sus ideas eran robadas. Bajo la defensa de un discurso patriarcal donde las mujeres eran categorizadas como “incapaces”, “emocionales”, “sensibles”, etc. los hombres acapararon todo el protagonismo logrando que la mayoría de ellas nunca obtuviera el reconocimiento que se merecía.

Uno de los tantos casos es el de Lise Meitner, una física austríaca que fue nada más y nada menos quien descubrió la fisión nuclear.

Durante 30 años se dedicó a la investigación junto a su compañero Otto Hahn. Juntos publicaron muchos artículos aunque el nombre de ella no aparecía en ninguno, fueron colegas en trabajos donde a Lise le pagaban un sueldo mucho menor o ni siquiera recibía remuneración alguna. Incluso llegó a trabajar en el sótano de un lugar de carpintería porque no tenía permitido el ingreso al laboratorio donde trabajaba Hahn. Esta mujer estuvo involucrada en el hallazgo que dedujo que un núcleo pesado al ser bombardeado por neutrones, se descompone en dos núcleos liberando una gran cantidad de energía. Sin embargo, fue Otto Hahn quien recibió en 1944 el Premio Nobel de Química por este mismo descubrimiento.

Otra mujer vital para la ciencia fue la matemática Sophie Germain, una francesa nacida en 1776.

La historia de Sophie comienza en su casa con una profunda pasión por las matemáticas. Su curiosidad la llevaba a leer todos los libros al respecto que se encontraban en su biblioteca, pero sus padres no estaban para nada de acuerdo con esto así que para evitar sus estudios nocturnos la dejaban sin luz, calefacción ni abrigo. De todas formas ella se las ingenió para seguir estudiando y a sus 18 años se inauguró la Escuela Politécnica de París (donde las mujeres no fueron admitidas hasta 200 años después). Presentó un trabajo bajo el seudónimo Antoine-Auguste Le Blanc y logró llamar la atención de los profesores. Germain se dedicó a la investigación de teorías de números e intercambió cartas con Carl Friedrich Gauss (también bajo un seudónimo). Es la responsable del descubrimiento de un teorema que hoy lleva su nombre.

Estas mujeres merecen que sus trabajos, sus rostros y sus logros sean reconocidos. Que se contemplen los méritos de haber logrado sortear los obstáculos de esa sociedad desigual de la que fueron parte.

En este mes de marzo, tenemos nuevamente la posibilidad de repensar y analizar los sucesos que forman parte de nuestra historia.

Leer, comentar, difundir, educarnos, debatir y así poder entender de dónde venimos para saber a dónde queremos ir.

 

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