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Por Micaela Bordes para Ada ITW.

Nuestra historia como mujeres está marcada por luchas e hitos que fueron abriendo el paso hacia la adquisición de nuevos derechos. Es una historia que comienza siglos atrás y es nuestra tarea perpetuarla hasta lograr ocupar los lugares que nos corresponden.

Fue recién en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial (1939) cuando por motivos de fuerza mayor las mujeres fueron habilitadas para ocupar puestos en las fábricas. En reemplazo de los hombres que debían ejercer como soldados, ellas se convirtieron en la fuerza económica que su país necesitaba. En Argentina, en el año 1947 una agrupación bajo el lema “la mujer puede y debe votar” logró que se aprobara la ley 13.010 que extendía la universalidad del voto no solo a hombres, sino a mujeres también. Un derecho que en 2022 nos parece tan natural fue resultado de la lucha de nuestras antecesoras. Hoy continuamos con ese legado y cada 8 de marzo fomentamos información, visibilidad y discusión de estos temas para reducir la desigualdad y la violencia, generando espacios de conversación seguros e inclusivos.

Actualmente, ¿cuáles son las luchas que nos atraviesan? En el mundo y particularmente en nuestro país la brecha de género es un problema que cada vez cobra más dimensión.

Son las mujeres las que sufren mayor precarización laboral y altas tasas de desempleo. En promedio, ganan un 29% menos que los hombres y un 35,6% aquellas que son asalariadas informales.

La primera falencia radica en considerar al trabajo solo como una actividad mediada por un pago dejando por fuera el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado realizado en los hogares. A lo largo de la historia se ha consolidado una división laboral de género que establece el trabajo reproductivo para las mujeres (tareas de manutención del hogar y de sus integrantes) y el productivo para los hombres (realizado en el mercado, remunerado).

Según una encuesta de INDEC, ellas se encargan del 76% de las tareas domésticas no remuneradas. Esto incide directamente en la cantidad de horas y recursos disponibles que les quedan para poder fomentar su desarrollo personal, profesional y económico e impacta en sus posibilidades de estudiar, de recibir un salario como el de sus pares varones y en la probabilidad de progreso dentro de la carrera. 

Con menor disponibilidad del tiempo, las mujeres participan menos en el mercado. La tasa promedio de participación es de 49,2%, 21 puntos por debajo de la de los hombres: 71,2%. Es necesario destacar que las condiciones son inferiores para ellas: menor salario, doble jornada, precarización, altas tasas de desempleo, etc. Como resultado, sumando las jornadas de trabajo pagas y no pagas, las mujeres trabajan un promedio de 7 horas más por semana que los hombres. 

El Informe Global de Brecha de Género 2021 publicado por World Economic Forum plantea que:

el impacto ocasionado por la pandemia de COVID-19 aumentó el tiempo estimado para eliminar la brecha de género: de 99,5 a 135,5 años.

Esto ha repercutido mayormente en las trabajadoras debido a la desigualdad en la representación de sectores afectados por los cierres. Se destacada también que aquellas mujeres más afectadas se encontraban en grupos sociales y étnicos desfavorecidos históricamente. 

Ante la creciente crisis y los niveles de desigualdad de género son necesarias y urgentes políticas públicas que construyan paridad y consideren a la mujer dentro del ámbito laboral. Pero estas no van a llegar solas, es obligatorio continuar con las luchas, los debates y los cuestionamientos que tienen como escenario calles, los colegios, universidades, los espacios de trabajo y los hogares.

La brecha de género no se cierra sola, ¿qué podemos hacer desde nuestros espacios para ayudar a reducirla? 

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